juan gabriel instrumental SAX ELEGANTE

juan gabriel instrumental SAX ELEGANTE

INTERPRETE-SAXO ELEGANTE (WILSON LOPEZ RAMIREZ)IQUITOS PERÚ-whatsapp +51-965916061 [email protected] RESEÑA DE JUAN GABRIEL (ALBERTO AGUILERA VALADEZ) Nació el 7 de enero de 1950 en Parácuaro, Michoacán. Hijo de Gabriel Aguilera Rodríguez, arriero de Jacona, Michoacán, y de Victoria Valadez Rojas de Aguilera, campesina de Parácuaro, Michoacán. Fue el menor de 10 hermanos: Rosa, quien murió casi recién nacida; Victoria, única y consentida hermana; José Guadalupe, Gabriel, Pablo, Miguel (q.e.p.d.), después nacieron tres Rafael y los tres murieron. Cuando nació, una comadre de su mamá, María de Jesús Valverde, sugirió que lo bautizaran como ALBERTO, en honor al personaje de una historia cubana, El derecho de nacer, llamado Albertico Limonta, el cual estaba de moda gracias a la Radionovela de la XEW. Su padre usualmente quemaba el pastizal para sembrarlo posteriormente, en una ocasión no tuvo control sobre esto, por la preocupación y miedo a lo que vendría por provocar daños en propiedad ajena, se tiró al río, sufrió un shock y enfermó. Por tal motivo le internaron en La Castañeda, de donde no se supo nada más de él. Cuentan que posiblemente escapó. Tenía ocho meses en septiembre de 1950, cuando su madre, al tener problemas con sus cuñadas, se vio en la necesidad de escapar de madrugada rumbo a Apatzingán, de ahí a Morelia y luego a Ciudad Juárez, Chihuahua; en donde le esperaba María Romero Mora, misma que había sido patrona en Parácuaro de doña Brígida Rojas, abuela de JUAN GABRIEL y de su propia madre, y quien les permitió hospedarse en un pequeño cuarto. Ahí no permanecieron mucho tiempo, ya que entre los hijos de ambas existían diferencias. De los 5 a los 13 años permaneció internado en la Escuela Laica de Mejoramiento Social para Menores, en donde una patrona de su mamá, María de Jesús Mena, le consiguió lugar. Una de sus primeras travesuras fue encerrar a su madre en un cuarto de la casa en donde trabajaba de sirvienta para que no lo llevara de nuevo al internado después de uno de los escasos fines de semana que lo llevaba a pasear. En estas ocasiones acompañaba a su madre a la iglesia, pero las imágenes de los santos lo asustaban por su cara de sufrimiento y dolor. Él siempre ha huido del sufrimiento, del dolor y la soledad. Llegó al quinto año de primaria y lo demás, como él dice, lo fue aprendiendo en “La escuela de la vida”. Siendo niño aprendió hojalatería y elaboración de artesanías, bajo órdenes de don Juan Contreras, de Zacatecas, a quien consideraba su padre, abuelo, consejero, maestro y mejor amigo; en él creía y sólo a él le confiaba la tristeza que sentía por estar alejado de su madre. Padeció de los bronquios, así como una enfermedad llamada ciática. En el internado tenía un compañero que le alquilaba su guitarra, a cambio de 20 centavos diarios. Micaela Alvarado, directora del internado, fue la maestra a quien más quiso y quien más amor le ofreció en su infancia. En el internado aprendió a elaborar pan de sal, de dulce y donas de chocolate. Cumplió los 13 años, cuando con la ventaja de ser el responsable de tirar la basura, al salir aprovechó la oportunidad para no volver más. Se fue a vivir con don Juan; con él trabajaba y ganaba sus primeros centavos vendiendo artículos de hojalatería creados por sus propias manos. Al cumplir 14 años regresó a vivir con su madre y su hermana quien preparaba burritas de harina para vender. Así fue como conoció el centro de la ciudad. Pasaba por las calles de La Paz y La Noche Triste cuando escuchó un coro cantando en un Templo Metodista, entró y conoció dos señoras, les contó su historia y le dieron trabajo. Leonor y Beatriz Berumen quienes se lo llevaron a vivir a la calle de Santos Degollado y 16 de Septiembre. Entonces, supo qué era la religión. Se dedicó a limpiar la iglesia, cantar en el coro y leer La Biblia, de la cual aprendía de memoria versículos, mismos que debía leer a los creyentes los domingos. Así, correspondía al gran amor de doña Leonor y “doña Ticho”, como cariñosamente le llamaba a doña Beatriz. Tiempo después, un pastor del Templo Metodista de El Paso, Texas, lo llevó al pueblo de Elsinore, California, para hacer el mismo trabajo. Ahí se quedó seis meses a vivir con una familia de raza negra. Le maravillaban sus voces, su amor a Dios y su fe. Aprendió a amarlos y siempre le llamó la atención que todo lo que hacían era para alabar a Dios. El hecho de vivir cerca de Tijuana aumentó su curiosidad por conocer y viajar allá. Así lo hizo y en ella formó parte de los Coros de la Catedral de Guadalupe, en donde conoció a su entrañable amigo, don Daniel Díaz, quien lo protegió como un padre. Lo llevó a Rosarito, Ensenada y Mexicali, y justamente ahí es cuando conoce a Monna Bell, su ídolo, en el Marilyn Restaurant Bar. Era noviembre de 1965.